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San Juan Eudes

Un Hombre que apostó por la misericordia.

Juan Eudes nació en Ri (Francia), el 14 de noviembre de 1601. 
Hijo de una pareja de buenos normandos y fervorosos cristianos, recibió desde pequeño la formación que un hogar de esos quilates podía dar entonces. Una niñez harto normal, una etapa de estudios bastante completa en el colegio de los Jesuítas, y un proceso de discernimiento espiritual que lo llevará a optar por el sacerdocio en la recién fundada Congregación del Oratorio, del Card. de Bérulle. A partir de allí se inició una fecunda y exigente vida de misionero que lo llevará por muchos caminos de Francia, lo pondrá en contcto con la dolorosa realidad de un país cristiano en crisis de fe y le permitirá convertirse en misionero y profeta de la misericordia.

Juan Eudes, discípulo tanto de Bérulle como de Francisco de Sales, abreva su espíritu en ambas corrientes teológicas, y de ambas alimentó la coherente espiritualidad que dará sentido a su vida entera y nutrirá su vena de escritor popular. De ese doble hontanar se alimentó el riachuelo que ya comenzaba a notarse en el joven sacerdote oratoriano, y que pronto se convertirá en un poderoso torrente espiritual. Ambas corrientes fundarán y estimularán su espíritu misionero.

El P. Eudes parte de un principio unificador: el cuidado y ocupación principal de todo bautizado consiste en formar y establecer (a Jesús) dentro de nosotros, en hacer que allí viva y reine. Porque ser cristiano y ser santo es una misma cosa. Pero sitúa siempre, así sea de modo latente, este leitmotif espiritual sobre el telón de fondo de una misericordia comprometida y eficaz. Encontramos aquí una coherencia radical entre vida concreta y doctrina espiritual, un engranaje perfecto entre la propia experiencia existencial, el apostolado misionero, las fundaciones, la doctrina de la misericordia y la espiritualidad del Corazón de Jesús y María.

Por eso, no es exagerado afirmar que el eje de todo su proyecto espiritual fue el concepto de misericordia. Aunque se explicitó de forma relativamente tardía en sus escritos, podemos decir que marcó su vida entera. Desde los inicios de su ministerio Juan Eudes siente, recibe y cumple -afectiva pero real y comprometidamente- esta misericordia en su propia vida y en la de los demás; y ella le da unidad a su acción apostólica, lo empuja constantemente a ir más allá de la mera sensibilidad ante la desgracia y lo impulsa a promover determinadas acciones misioneras y fundaciones religiosas.

EVANGELIZADO Y EVANGELIZADOR

Había aprendido a reconocer en todas partes la presencia de Dios, incluso en la experiencia concreta y en todos los acontecimientos. No se hablaba entonces de signos de los tiempos, pero Juan Eudes los entendía y vivía plenamente. Uno de esos signos fue sin duda para el aquella peste de Súez, en 1627. Entonces, el joven sacerdote, que apenas acababa de superar una larga y dolorosa enfermedad que prácticamente lo había inutilizado, decidió ir en auxilio de quienes más lo necesitaban -los apestados, abandonados de todo recurso espiritual- para llevarles los sacramentos, signos de la misericordia de Dios. Fue éste su primer encuentro con los pobres, los pequeños, los abandonados. Tres años más tarde, en Caen, se repetirá tan difícil experiencia. Serán entonces más fuertes la caridad y el compromiso para con los hermanos sufrientes que las razones de quienes intentaban disuadirlo de lo que parecía una peligrosa chifladura.

Estas primeras actividades que realizó como sacerdote y como misionero eran gestos que hablaban de la misericordia y hacían la misericordia. Gestos significativos que eran ya misión, una predicación silenciosa de aquellas que alababa Pablo VI en la EN8. Gestos que lo marcaron y lo pusieron para siempre en el camino que baja de Jerusalén a Jericó. En adelante su presencia misionera al lado de cualquier Jesús que sufre ir llenando de realismo su espiritualidad y su ministerio.

Todos sus compromisos apostólicos tendrán que ver con esa profunda experiencia. El abismo de mis miserias llama al abismo de sus misericordias, exclama en su personal Magníficat. Habiendo experimentado, él mismo, la misericordia de Dios en su propia vida, quiso agradecerla dedicándose a predicarla y transmitirla. Los caminos misioneros de Francia conservan aun el recuerdo de sus pasos. De ese fervor evangelizador y de esa pasión por el Reino surgiría aquel otro elemento clave de su espiritualidad que fue la devoción al Corazón de Cristo, unido indisolublemente al Corazón de María. Y es que, como ha escrito alguien, Juan Eudes fue un hombre de corazón y un hombre del Corazón: en esto consiste su máximo aporte al cristocentrismo de la escuela beruliana.

El camino de la misericordia

Porque la historia no se quedá en la anécdota. En un momento crítico de su propia vida y de la historia, Juan Eudes sabría apostar definitivamente por el camino de la misericordia; y al hacerlo así, apostaría por la santidad verdadera. Puede decirse que la misericordia lo hizo misionero y lo motivó a entregar su vida entera a un empeño que constituyó como la espina dorsal de su ministerio: desde 1627 a 1680, año de su muerte, jamás supo lo que fue el descanso. Juan Eudes sería, ante todo y por encima de todo, un sacerdote misionero, como gustaba firmar sus cartas.

Ese incansable andar misionero -el anuncio de la Buena noticia: la misericordia se ha hecho ya presente en la historia de los hombres-, no sería sino una verbalización de aquella experiencia íntima, inicial y continuada, de la máxima misericordia divina: evangelizar -reitera a sus eudistas- es anunciar al hombre, especialmente al más lleno de miserias -miserable- la buena noticia de que Dios lo ama, que lo lleva en su corazón de Padre y está dispuesto a jugarse todo por salvarlo..

El trato con la gente le había permitido conocer muy de cerca no sólo los vicios morales que pululaban en todos los estamentos de la sociedad sino también los hondos males que aquejaban al Pueblo de Dios. El sabía bien cuáles eran las miserias de los miserables. Había palpado la dolorosa miseria humana y social de las multitudes, la ignorancia religiosa de los que se decían creyentes y su alejamiento del auténtico compromiso cristiano; había experimentado también la situación del clero, agobiado por la ignorancia, la pobreza material y su falta de espíritu apostólico. Acuciado por esta realidad, el P. Eudes fue descubriendo su propio camino "de Jerusalén a Jericó". La pasión por el hombre - "las almas", dice él, con el lenguaje de su época- lo devora:

"Si por mí fuera, me iría a París a gritar en la Sorbona y demás colegios: "¡fuego, fuego!. Sí, el fuego del infierno está consumiendo el universo. Vengan ustedes, señores doctores, vengan ustedes, señores bachilleres, vengan señores abades, vengan todos ustedes, señores eclesiásticos y ayuden a apagarlo".

CUANDO EL CELO PRESIONA

Desde esta perspectiva se entienden mejor sus numerosas fundaciones. Porque al estudiar su vida y su obra descubrimos, cada vez mejor, cómo estas fundaciones constituyeron, en cuanto evangelización, auténticas obras de misericordia, o sea, maneras concretas de expresar su apuesta definitiva por la misericordia divina.

Apelando a una categoría moderna podemos decir que Juan Eudes también se dejó evangelizar por "los pobres", valga decir, por las prostitutas y los incontables hombres y mujeres que vegetaban en la muerte debido a que nadie les había hablado de la Vida. Fue esa experiencia la que activó su carisma fundador. Bastaría con recordar aquel episodio citado por el P. Emile Georges, que opera en las raíces de la orden de N.S. de la Caridad.

El P. Eudes no era un fundador "profesional" sino un hombre de Dios que iba respondiendo, a medida de sus recursos, a los clamores de la misericordia, a las necesidades concretas de su época, que para él representaban auténticos mensajes del Espíritu. Era un hombre que sabía leer la acción de Dios incluso en los fracasos, que se dejaba interpelar en serio por los signos de su tiempo, y cuyo mayor deseo era hacer eficaz la misericordia. No existía en sus proyectos ninguna intención moralizante: había que realizarlos, simplemente, porque el Dios misericordioso así lo quería; eran una consecuencia normal de su seguimiento de Cristo, y de su atención a la misericordia del Padre: para él se trataba sólo de cristificar al hombre, sobre todo a aquellos hombres cuya imagen de Dios estaba más deteriorada por el pecado o por la miseria.

Es precisamente en 1644, año en que se consolidaba en Francia el rigorismo jansenista, cuando Juan Eudes funda la Orden de N.S. de la Caridad, coincidiendo con una toma de conciencia cada vez más viva de lo que es esa misericordia divina. Ha descubierto, de una manera concreta, que Dios ama y, porque ama, salva, perdona. Y se siente llamado a ser personalmente instrumento de ese amor salvador en uno de los campos más dramáticamente olvidados de la pastoral de entonces: la prostitución.

También en el nacimiento de la Congregación de Jesús y María (PP. Eudistas) hay una experiencia de misericordia; le dolía intensamente la Iglesia, le dolían las gentes que andaban "como ovejas sin pastor"; y se dejó interpelar por el amor de Dios que, en Jesús, viene a "salvar lo que estaba perdido". Expresión última y acabada de la misericordia del Padre. Si "un alma vale más que mil mundos", es menester que alguien se dedique a tiempo completo a formar a quienes deben salvarla. Y urgido por tan angustiadas convicciones, se decide a abandonar el Oratorio para fundar su pequeña congregación.

Formar al clero era sólo una manera de colocarse en el camino de la misericordia que salva y que necesita canales dignos de esa tarea. En una carta al P. Manoury, primer formador de los nuevos eudistas, el P. Eudes se expresaba:

"Cuide de formarlos en el Espíritu de Nuestro Señor, que es espíritu de desasimiento y de renuncia a todo y a sí mismo; espíritu de sumisión y abandono a la divina voluntad manifestada por el evangelio y por las reglas de la congregación..., espíritu de puro amor a Dios..., espíritu de devoción singular a Jesús y María..., espíritu de amor a la cruz de Jesús o sea al desprecio, la pobreza y el sufrimiento..., espíritu de odio y horror a todo pecado..., espíritu de caridad fraterna y cordial al prójimo, a los de la congregación, a los pobres..., espíritu de amor, respeto y estima por la iglesia".

San Juan Eudes
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